Hay películas que arrancan tan bien que ya con los primeros minutos te ganan para siempre… aunque después la cosa no acompañe. Y el caso más claro de esto tiene nombre y apellido: Valerian y la ciudad de los mil planetas, la megaproducción de Luc Besson.

Los primeros cuatro minutos son de lo mejor que dio el género. En esa escena de apertura se muestra cómo la Tierra viene cooperando con civilizaciones extraterrestres desde hace siglos: los distintos comandantes de la Estación Espacial Internacional van recibiendo visitantes de todos los rincones de la galaxia hasta formar una comunidad interplanetaria gigante. Y todo esto contado sin una sola palabra, acompañado por la música de David Bowie. Pura narración visual, simple y efectiva.

El problema es lo que viene después. Los 137 minutos de película son una montaña rusa que pierde fuerza en varios tramos. La historia sigue a dos agentes de la Federación Humana Unida que tienen que descubrir por qué la ciudad de Alpha, hogar de miles de especies, empezó a generar una fuerza destructiva que amenaza la gravedad terrestre.

Besson es un mago de la estética. El tipo que dirigió El profesional (León), El quinto elemento y Lucy tiene un ojo visual que pocos cineastas manejan. Venía pensando en Valerian desde hacía décadas, y cuando vio Avatar entendió que la imaginación no tenía techo. Ahí retomó el proyecto y se metió de lleno.

El resultado en la taquilla fue durísimo: con un presupuesto de unos 200 millones de dólares, apenas recaudó 226. Un número flojísimo para semejante producción, que la convirtió en uno de los grandes fracasos económicos del género. Las críticas fueron mixtas.

Y sin embargo… sigue siendo una de esas películas que merecen una segunda oportunidad. Aunque sea por esos cuatro minutos iniciales.